viernes, 11 de agosto de 2017

¡Oh, Cuba!. ¡Uff Cuba!.

Desde que se iniciara el ciclo 'Lorca y los veranos del Generalife', allá por 2002, los argumentos sólidos de la práctica totalidad de los espectáculos se han basado en las diferentes visiones que sus protagonistas, todos ellos grandes bailaores/as, han tenido de la obra de Lorca. Y por supuesto, en cómo se pueden trasladar unos poemas, unas vivencias, unos pasajes vitales del poeta al género flamenco sin caer en lo banal, en lo superficial y en lo irrisorio de un producto fácilmente vendible pero vacío de jondura.

Salvo en los dos últimos años, todos los demás veranos el duende de Lorca, de una u otra forma, estaba en los jardines del Generalife sin tener que disfrazarse de hada madrina. 
Bien es verdad que hemos escuchado por parte de algunos representantes institucionales que este ciclo es un vía para representar a Lorca en toda su extensión. Pero no nos engañemos. Siempre ha habido un hilo que ha sostenido esa idea: el flamenco. 

¡Oh Cuba!, o más bien, ¡Uff Cuba! ha pecado de ausencia de flamenco. Porque no vale con traer a buenos cantaores como a Juan Carrasco 'Juañarito', Curro Cueto  o Chelo Pantoja si no se les da la oportunidad de cantar por derecho. Al igual que pasó el año pasado con el espectáculo de Rafael Amargo, si el argumento no es flamenco, que no nos lo vendan como flamenco. Porque todo hay que decirlo, como musical es una buena obra. pero no casa ni con el origen de este ciclo ni con el flamenco. Ni siquiera como pareja de hecho. 

El espectáculo trata de reflejar la estancia de Lorca en Cuba, apenas tres meses en 1930. El peso de todo el guión se lo llevó Loles León, que a través de monólogos, recitados, bailes y hasta alguna canción, proyectó los sentimientos y sensaciones del poeta en la isla. Aún así, el disfraz de hada madrina con chistera y peluca blanca fue un insípido e injustificado argumento para hacernos creer que era un ¿Duende?-¿Flamenco?

Además, el cuerpo de baile, cuyas intenciones fueron buenas, no dejó de ser un acto de pseudo-justificación para dejar pasar el tiempo a una obra que no transmitía nada. Ni con el arropo de los bailarines del Ballet Español de Cuba ni con los bailaores flamencos hubo forma de poder transportarnos a la isla ni a lo que pudo vivir/sentir el poeta. Porque las coreografías rozaban lo simplista. Y eso que Adrián es buen coreógrafo; no entiendo por qué fallaron las grupales. Ni la escena de clásico español rozó el aprobado. Se salvó Loli Sabariego con una sencilla pero notable interpretación danzística entre lo cubano y lo flamenco.  



©AhoraGranada.

Menos mal que la música fue el rescoldo que levantó y sostuvo la obra en todo momento, porque si de música se trata, como soporte fue magnífico. Unas cuidadas elecciones, ya fuere con habaneras, guajiras, zorongos, bulerías/lorqueñas, seguiríyas, alegrías, tanguillos, fandangos de Lucena, de Dolores de la Huerta (no entiendo qué tienen que ver con Cuba y/o Lorca), del Albaicin, compases de tangos, lírico, y clásico o danzón cubano justificaron el resto. 

Hasta la elección del vestuario de cuerpo de baile no fue acertada: Faldas de vuelos azules, vestimentas más cercanas al musical del Rey León que a lo 'cubano'... Al menos, sobresaliente en este aspecto a la acertadísima elección de la escena en la que con acompañamiento de piano escenificaron el pasaje 'Latido clásico' y su 'Lento irrealmente'. 

Ya transcurrido la mitad del espectáculo, eché en falta que Adrián Galia apareciese de forma real en el escenario, esto es, que hiciese algún baile. Pero no. Sus continuas apariciones no eran sino un espejismo de la figura de Lorca entrando y saliendo del escenario bien alabando la labor de la 'duende' o bien la de los bailarines. Una breve aparición con el cuerpo de baile, rodeado de maletas, otra en solitario cuando sonaban los fandangos y una fugaz en un arranque de farruca fue todo. No es comprensible que Loles León tenga más presencia que el artista principal, da igual que sea Lorca o Adrián. 

Para rematar la faena, Loles León se atrevió a cantar, mientras de fondo Antonio Carmona se sumaba al fin de fiesta tocando las percusiones, único momento en que el público se vino arriba junto con la participación de la cantante soprano Alina Sánchez. 

Pero lo más incomprensible fue escuchar la 'Balada doble del Lago Edem', un repentismo-rap flamenco según anunciaba el programa de mano. Y yo me pregunto, si el Rap se creó en los años '60 en NorteAmérica, ¿que sentido tiene introducirlo en una obra que quiere transmitir al Lorca más 'cubano' (recordemos, años '30) y qué relación tiene con Lorca, Cuba, o con algo de esta obra?- Del todo incomprensible. 

Hasta el fin de fiesta fue liviano con todos en el escenario rodeados de maletas en una nueva coreografía fría e insípida. 
Nos quedamos con el sabor agridulce de una obra que no se sostiene, salvo en la dirección musical que es la que salva a Lorca y a Cuba. ¡Uff Cuba!

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